martes, 10 de junio de 2008

VEINTISIETE

Después de que Pierina se alejara del bosque, los nuevos visitantes permanecieron en silencio alrededor de una pequeña fogata. Sólo se oía el eco del crepitar de los troncos en el fuego. Tina le curó con sus polvos mágicos el brazo a Victoria, mientras un duende llegaba hasta ellos con una bolsa repleta de batatas. Otra hada juntó pequeños troncos y colocó el alimento en una de sus puntas y los repartió para que cada uno lo asara a su gusto.
Octavio estaba algo molesto e intrigado. Todos parecían haber vivido de manera natural,lo que había pasado momentos antes delante de ellos, , pero él tenía demasiadas preguntas en su cabeza y sintió la necesidad extrema de dejarlas salir.
-¿Quién era esa mujer? ¿Qué buscaba? ¿Por qué tuvimos que escondernos? Yo vi mal... o se convirtió en águila y salió volando…
-Bueno, bueno… una pregunta a la vez… - lo interrumpió Arturo.-Esa mujer era Pierina, la reina de Humer y tía de Ada Y Victoria; y era a ellas a quienes buscaba.
-Y.. si es así, ¿Por qué escondernos…?
-Porque ella es quien asesinó a nuestra madre -le dijo Ada.
Victoria dejó caer en el fugo su comida. Se paró y caminó lejos del círculo. Había querido ser más fuerte, pero las palabras de su hermana dispararon directo a su corazón, y los recuerdos de su primera infancia la invadieron. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y antes de que cayeran al suelo, Ada las tomó. Cerró su puño y cuando lo abrió Victoria pudo ver que se habían transformado en pequeños vidrios.
-Nuestro dolor acá tiene forma- le expresó- y como dice mi hada guardiana, algún día se lo devolveremos a quienes lo han provocado.
-Cuando recordé quién era…,y cómo había llegado al Hogar El Pastor, lo primero que sentí en mí fue el perfume de nuestra madre, su último abrazo, ese aroma a menta en sus cabellos. Sabía que si no había vuelto por mí era porque algo se lo impedía, pero en el fondo siempre guardé la esperanza de volver a verla.
-Nuestra madre fue asesinada la misma noche que nos dejó en el hogar, cuando regresaba a su castillo. Murió sin saber qué había pasado con nosotras.
-Y nuestro padre… ¿Vive aún?... ¿Por qué no volvió por mí… qué pasó contigo?
-Nuestra madre nos alejó del peligro que corríamos en nuestro mundo sin decirle a nadie a dónde nos llevaba. Se guió sólo por una vieja leyenda; nos protegió para proteger a su pueblo también. Nuestro padre nunca supo dónde empezar a buscarnos. Yo volví cuando el destino así lo quiso. Las hadas que saben todas las historias, porque han estado aquí desde los primeros oráculos, un día se me presentaron y me ayudaron a regresar. Y volví a ti en el momento que me fue indicado.
-¿Y qué tiene de distinto este día a cualquier otro anterior?
-La respuesta a esa pregunta está en vos.
Ada regresó cerca del fuego. Y Victoria se quedó sola mirando caer en el suelo sus lágrimas hechas vidrio. Caían separadas, y de repente empezaron a moverse, una suave brisa las empujaba, las arremolinaba y las agrupaba. Hacía dibujos sobre la tierra: la garra de un felino, el contorno de un águila, espadas y soldados que caían, una gran espada y un águila muerta. Una hoja de menta llegó hasta ella y borró las lágrimás. Se agachó para tomarla y olerla, pero junto a su mano, otra mano la tomó. Levantó su mirada para ver quién era, y la vio: allí estaba su madre, vestida cómo la última vez que la había visto y con la misma sonrisa que iluminaba su rostro. Ella soltó su mano, y la llevó hacia su espalda, de un saco extrajo una espada y se la entregó. Le hizo un ademán para que la moviera al tiempo que arrojaba un puñado de hojas al aire. Las hojas eran pequeñas, pero cuando Victoria movió la espada, con una habilidad desconocida, éstas cayeron a su lado echas cenizas. Cuando se volteó hacia donde estaba su madre, ésta había desparecido.
Octavio seguía con sus preguntas a Arturo cuando Victoria se les acercó y con un puñado de tierra apagó el fuego.
- Es hora de seguir hacia Prisia, tenemos que preparar a nuestro pueblo para la guerra.

lunes, 2 de junio de 2008

VEINTISEIS

El águila es, de todas las aves, la más fuerte, menosprecia a los animales pequeños y sólo come la presa que ella hace. Pierina, a diferencia de su hermana Napea, siempre disfrutó de la posibilidad de ser una animal por las noches, y desde que sintió el olor a sangre fresca y el sabor de la carne, no pudo dejar de cazar y devorar. No sentía culpa de destruir los rebaños de sus propios aldeanos, o en sus días más oscuras, de arrebatarle su pequeño a una joven madre. Ni siquiera, tuvo compasión por su propia hermana.
La noche que Humer y Prisia debían enfrentarse en la llanura blanca, entre las montañas de los dos ogros, Pierina se puso al frente de su ejército, con sus uñas afiladas para atacar al puma azul en el que se convertía su hermana. Pero cuando las espadas chocaron, los prisianos estaban sin su capitana. Entonces, Pierina intuyó que algo había pasado. Sobrevoló la región para buscarla y la vio a Napea cruzando con sus críos el portal de los dos árboles. Pierina la esperó entre las sombras, y cuando Napea emprendió su viaje de regreso, la atacó como a una más de sus presas: descendió hacia ella en líneas espirales y zumbando se le precipitó con las garras abiertas y distendidas, las hundió en su cabeza, cerca de sus ojos, para cegarla. La hizo tambalear y caer, pero antes de que tocara el piso, Pierina la tomó y se la llevó a un refugió secreto dentro de la montaña de roca negra, un lugar inaccesible para un humano, y ahí presa ella misma de su odio desmedido, la destrozó y comió su carne, hasta que un rayo de sol le anunció el día, y sintiendo asco de su arrojo, dejó abandonado el cuerpo de su hermana para las aves carroñeras.
Pierina, después de veinteaños, dejó caer una lágrima y sintió algo de arrepentimiento en su interior. Pero una luz y un movimiento extraño de las ramas en el centro de uno de los bosques que hay camino a Prisia la alertaron, el instinto animal volvió a privar por sobre su condición humana. Extendió las alas y partió en vuelo hacia allí.
Olió a humo, y oyó el dulce cantar de una elfa. En círculos se fue acercando hasta un claro y pudo ver a una joven que a simple vista le recordó a su hermana. Sin dudarlo se precipitó sobre su nueva presa. Sintió que sus garras se clavaban en la carne, pero cuando volvió sobre ella una luz brillante se interpuso en su visión y cayó a tierra.
Se sacudió su plumaje, dejó ver la desnudez perfecta de su cuerpo, y se paró erguida y desafiante.
-¡Brisa, qué sorpresa, te creía muerta!- su malestar se notaba en su rostro y en su tono de voz cuando vio a la joven de cabellos de fuego.
-Soy Ámbar, hija de Brisa y usted es…
-¡Ja!, ¡Ja!, ¡Ja!- Pierina río con sarcasmo.- Hace tiempo que no me reía así… ¿Quién soy?... es una pregunta que ningún viajante se atrevería hacerme en mis propias tierras… ¿Estás sola?- le dijo acercándosele intimidante.
-Está conmigo – dijo Arturo saliendo de entre los árboles y dejando caer sobre las espaldas de Pierina una capa de seda verde.
-¡Arturo!, veo que mi belleza aún te sigue pareciendo peligrosa- coqueteó Pierina mientras se cubría con la capa.
-¿Qué quiere?- le preguntó el elfo con sequedad.
-Saber qué hacen en mi bosque.
-Los bosques nunca le pertenecieron ni les pertenecerán a ningún reino. Los bosques son de sus pobladores nativos: los elfos, las hadas y los duendes. Y somos dueños de invitar a ellos a nuestros amigos.
-Y… me pareció que estaban celebrando algo…
-Ya vete Pierina- la desafió Arturo- no hay nada acá que a vos te interese.
-Te equivocas- le dijo, y dejó caer la capa a un costado de su cuerpo, caminó hacia los árboles. Aún, con forma humana Pierina tenía la visión y el instinto para hallar su botín, extendió su brazo y de sus manos surgieron garras que empezó a pasar por entre las hojas. Ámbar movió su barita y entre Pierina y los árboles se elevó un muro que le impedía pasar. Se volvió furiosa hacia Ámbar y le dijo: “No juegues conmigo, tu madre no pudo vencerme, menos lo lograras vos”. Y extendió sus brazos a cielo y en forma de águila dejó el bosque.
Cuando el peligro estuvo lejos, el muro como arena se deshizo, el bosque se iluminó por las luciérnagas y quedaron al descubierto las elfas, las hadas, Ada, Octavio y Victoria. Ella tuvo que curarse el brazo, el mismo que en sueños un águila le había herido, pero que está vez fue real.