Los primeros rayos de sol bañaban la cima de las montañas, la caravana salió del bosque y se halló frente al cauce de un río de poca profundidad.
Se detuvieron unos minutos a descansar y a beber agua. Las hadas trajeron frutillas y moras para comer.
Arturo se acercó a Victoria y le dijo:
-Deberán seguir solos, no podemos avanzar más allá del río todavía. El sol deja todo al descubierto y no queremos que Pierina sepa que nos estamos preparando. Al otro lado del río está el primer poblado de Prisia y, no muy lejos de allí, podrán divisar el castillo.
-Gracias- le respondió ella.
El elfo iba a alejarse de Victoria,cuando ésta lo tomó del brazo.
-Arturo, te recuerdo. Sé que eras amigo de mi madre y que la vigilabas el día que ella nos llevó de Prisia.
-No fui un buen amigo, y lo lamento desde el fondo de mi corazón. Debí acompañarla de regreso. Ella me pidió que me quedara con Brisa, la madre de Ámbar y le hice caso, pero si la hubiera seguido…
- No lo hubiera permitido, debías proteger a Brisa porque su hija nos ayudaría a regresar. Su esposo debía haber velado por ella, no tu.
Arturo le tomó una de sus manos y se la puso en su corazón.
-¿Sientes los latidos?- ella asintió con la cabeza.- Te juro por el cariño que le tuve a Napea que las protegeré hasta que estos latidos cesen.
Ámbar había seguido de lejos esa escena, y una elfa lo notó. Se le acercó con unas frutas para convidarla, y luego de entregárselas le dijo:
-No es bueno que las sangres diferentes se mezclen; si esto ocurre pueden sobrevenir grandes desgracias para ambas razas.
-No entiendo que es lo que quieres decirme.

-Aunque no sé todavía lo que es el amor, sé distinguir la mirada de las enamoradas.
-Pero… Victoria ama a Octavio…
-No lo digo por ella, sino por ti.
La elfa caminó hacia su caballo, les hizo un gesto a las otras y todas la siguieron hacia el bosque. Arturo se arrimó a Ámbar, su primera reacción fue la de querer huir, había quedado algo perturbada por las palabras de la elfa, pero se quedó quieta, inmóvil.
-Desde que dejaste tu casa ayer, han pasado muchas cosas, demasiadas quizá, pero ni se comparan con lo que queda aún- le expresó Arturo.
-Soy conciente de eso desde el momento que comprendí que todos los relatos que mi madre me narraban eran verdad. Este libro que cargo – y le mostró el libro azul- y mi barita serán mi escudo y mi fuerza.
-Tu escudo es tu magia y la fuerza está dentro de ti. Ámbar, quiero darte algo.- Arturo extendió su mano con el puño cerrado hacia arriba, lo abrió y dejó ver una piedra de color azul brillante.- Esta piedra será mi brújula hacia ti. Si me necesitas lo sabré, y si alguna vez quieres hallarme también podrás hacerlo. Sólo tienes que mirar dentro de ella.
Ámbar tomó la piedra, cuando ya no la miraba Arturo, la beso y se la guardo en su bolso. El elfo se despidió de las princesas, de Octavio y de las hadas.
Ya solos, cruzaron el río, pasaron por uno de los pueblos, que aún permanecía dormido, y empezaron a caminar por un extenso prado. Cuando los rayos del sol estaban por encima de sus cabezas, pudieron distinguir a unos cuantos metros delante de ellos, un hada de cabellos dorados que revoloteaba de alegría. Era Oncle, detrás de ella venía Galo acompañado de algunos de sus servidores.
-¡Padre!- gritó Ada y corrió hacía él.
Su entusiasmo contagió a Tina, a Ámbar y hasta Octavio que se sorprendió corriendo hacia ellos.
Sólo se quedó atrás Victoria con los ojos húmedos y los puños cerrados.