-Pero… ¿Qué pasa?- masculló mientras intentaba incorporarse. Pero Pierina se lo impidió,subió sobre él, puso uno de sus pies en forma de pata de águila sobre su pierna y otra sobre su vientre, y lo abofeteó con una de sus alas.
-¡Me dijiste que estaba muerta…! ¡Que Prisia ya no resurgiría…! ¡Que lejos de su familia Galo aceptaría gobernar conmigo…!, y todo ha sido una mentira para darte más y más poder sobre mi reino.
-¿De qué estás hablando mi Reina?
-Las hijas de mi hermana ya están en camino a Prisia.
-Eso es imposible… - le dijo Horus.
-Eso es lo que tu creías…- Pierina volvió a abofetearlo y acercó su rostro al de él.-Eres una falsa… mataste a Brisa, pero hoy su hija está con ellas y es más poderosa que tu seguramente…
-Lamento que eso pienses…- le expresó.

A Horus se le inyectaron los ojos de sangre. Tomó con una de sus manos el cuello de Pirina y lo apretó. Ella para defenderse clavó sus uñas en el cuerpo del hechicero, pero su piel era dura como piedra y no pudo traspasarlo. Agitó las alas, pero él pronunció unas palabras y las plumas se volvieron suaves y apenas lo rosaron. Sin soltarla, Horus se paró y en el aire llevó a Pirina hacia la pared. Acercó su rostro a su cara, y su boca a sus labios. Le lambió su comisura y le dijo:
-Yo te hice Pierina… Eras una reina débil, y un animal hambriento y torpe. Y fui yo quién te di el poder de manejar tu maleficio a tu antojo. Te di la fuerza para conducir a tus ejércitos y conquistar nuevas tierras. Y es por eso que hoy en todo el Norte de Catar flamea la bandera de Humer, y el símbolo del águila. Pero yo soy más poderoso que la bruja de los pantanos que hechizó a tu familia. ¡Más fuerte que la Orden de Ábula!
Mientras Horus decía esto, un viento rojo entró en la habitación, los muebles comenzaron a moverse; todo se cubrió de llamas.
-Que siga tus órdenes, no quiere decir que esté bajo tus alas. Vos creíste que me había apiadado de vos el día que te hallé con el corazón destrozado en el pantano. Ese día al verte, supe que tu dolor y tu sed de venganza sería el arma que necesitaba para ganar más y más tierras. Bajo tu nombre estoy armando mi propio reino.
Las llamas habían llegado hasta ellos y en el rostro de Pierina se reflejaba el dolor que sentía al quemarse su cuerpo.
-Yo soy quien decido sobre tu vida, si mueres- y el fuego dejó ver sus huesos- o si vives- y las llamas se fueron alejando, consumiendo, y las cenizas desaparecieron dejando en su lugar cada mueble, cada decorado, cada tela. Pierina sintió alejarse el dolor.
Horus la soltó, se alejó de ella dándole la espalda, y antes de salir de la habitación, sin volverse, le dijo:
-No te asustes querida, es tu interior el que me ha alimentado todos estos años. Parte de mi fuerza te la debo a vos. Debajo de tu belleza se esconde esta maldad, así que todavía no puedo matarte, te necesito para cumplir con mis propósitos.
Pierina había visto su propio interior magnificado, consumiéndola; y tuvo miedo de sí misma. Corrió hacia su cómoda y buscó un espejo de mano para ver su rostro. Su piel estaba más bella que nunca, su pelo sedoso, y sus ojos brillaban. Acercó el espejo y trató de ver a través de sus pupilas. Pero el brillo no era más que el reflejo de las llamas ardiendo.


