A veces el silencio resulta más ensordecedor que el sonido más estremo. Y cuando esto ocurre el aire se vuelve agobiante, los ánimos se exaltan, la compañía o la soledad pueden resultar igual de amargas.
Después que la hechicera Merlinda, junto con Victoria y Octavio, se uniera a Ámbar, todos permanecieron cercanos, pero sumergidos en sus propio duelo, sin hablarse. La noche cayó sobre ellos sin que se percataran del correr de las horas. La oscuridad profundizó aún más su dolor, sus pérdidas.
Octavio recogió algunas ramas secas y Merlinda las encendió.
-Deberíamos preparar algo de comida- se atrevió a decir la hechicera.
Pero nadie le respondió.
Victoria se acercó al fuego y se echó a dormir. Octavio la arropó con su chaqueta, y mirando a Merlinda le dijo:
-No tengo ganas de comer, pero necesitaría un cigarrillo.
Ella se acercó a la hoguera, metió su mano en ella y sacó de entre las ramas encendidas lo que Octavio deseaba.
-Gracias- le expresó él, y se alejó a fumar.
En la mente de Ámbar las palabras de su madre retumbaban en su cabeza: “El secreto está en la luz”, “el secreto está en la luz”… “el secreto…” . No podía oír nada más, ni sentir nada de lo que a su alrededor acontecía. Aprovechó la oscuridad para alejarse también. Caminó cerca del río y cuando estuvo totalmente a solas se arrodilló a su orilla. Respiró y bebió una gran bocanada de aire. Exhaló con fuerza y las aguas se alborotaron. Se elevaron delante de ella como una fuente, y un viento de tormenta empezó a volar las hojas, las ramas quemadas y las piedras que había a su alrededor. Volvió a aspirar y a exhalar, y las aguas se aquietaron y el viento trajo hacia ella el libro azul y su barita mágica.
-Por mis ancestros, por los que vendrán… ¡Guíame!- exclamó y dejó que las páginas del libro corrieran por sus dedos.
Se detuvo en la misma página que hacia unos días le revelaba el destino de su pueblo:
"En el año 20, después de la caída de Napea, antes que la luna quede entre las sombras, regresan las hijas perdidas de Prisia a ocupar el lugar que les ha sido usurpado.
Las espadas cortaran con su filos el aire, y la sangre de enemigos y amigos caerá en los campos y los ríos. La oscuridad cubrirá el cielo, y la última esperanza se ocultará en el corazón de una pequeña luz…"
-Regresamos a Prisia antes del eclipse, como estaba escrito- pensó.- La sangre de nuestros amigos ha cubierto los ríos y los campos, pero aún no han caído nuestros enemigos… - miró a su alrededor y contempló los vestigios del bosque arrasado por el fuego que provocaron los soldados de Pierina- Y la oscuridad nos ha cubierto…- se dijo-, pero... ¿A qué se refiere con: "en el corazón de una pequeña luz se oculta la esperanza"?... otra vez…:“el secreto está en la luz”.
Ámbar dejó el libro tomó su barita y la hundió en el agua
-¡Muéstrame!, exigió.
Y el río le mostró su casa, su rostro frente al espejo la mañana que se dirigía a la entrevista al diario en el que trabajaría junto a Victoria. El grupo de chicos de un hogar que viajaban en el subte. Vio y volvió a sentir la frenada brusca del subte, la mano de una niña que le quemaba la piel y le mostraba imágenes hasta ese momento insignificantes: Una espada cortando el aire, un guerrero caído, aguas verdes que se teñían de sangre. Agua rojas bajando hacia un pueblo de casas bajas ubicado entre dos montañas. Fuego, piedra, un libro de tapas azules, árboles de hojas negras como la tierra de los cementerios. La niña le había hablado de Prisia. Desde el momento que la tuvo cerca sintió que sería especial para ella, y ahora comprendía cuanto. Esa niña… Luz, así se llamaba era la esperanza..., pero ¿Por qué?
Ámbar pidió ver más y el rio le mostró la sonrisa burlona de Horus dejando detrás de sí a una joven desnuda, un cuarto de hospital, sangre, llantos de bebé, una madre que se negaba a mirar a su pequeña… observo ese rostro aniñado de la parturienta y el corazón le pegó un brinco.
Tomó sus cosas y salió corriendo hacia donde estaba la fogata. Con furia sacudió a Victoria gritándole:
- ¡¿Por qué abandonaste a tu hija?!¡Por qué dejaste a Luz!
lunes, 27 de octubre de 2008
miércoles, 15 de octubre de 2008
CUARENTA Y DOS
En el castillo de Prisia, el tiempo se había detenido en el momento exacto que el hada Oncle comprendió que la princesa Victoria estaba viva, y que era su hermana Tina la que perecía sin vida a su lado. Seca de lágrimas, con su corazón tocando lo más profundo de la tierra y sin su luz, el hada se olvidó de su destino, dejó que las horas pasaran sin tocarla, y no sintió la llegada de un extraño.
El anciano que el capitan Barbicus había enviado pueblo por pueblo para advertir a los pobladores de las desgracias que sobrevendrían si no se ponían bajo la tutela de la reina Pierina, había desviado su curso, y entraba montado en su caballo a la edificación. Cuando estuvo próximo al Rey se bajó, tomó agua de una cantimplora y caminó con ella hacia él. Lo ayudó sosteniéndole la cabeza para que pudiera beber sin atragantarse. Le dio agua también al puma, a Ada. Volvió hacia su caballo, sacó fruta fresca y se la acercó al Rey y un poco de carne al felino. Sólo cuando sintió la humedad en sus labios Oncle reaccionó y comprendió que habían dejado de estar solos. No sabía si huir o confiar en esa persona que le ofrecía algo para beber.
-No temas hadita, sólo quiero ayudar- le dijo con dulzura el anciano.
-Amigo, ¿puedo llamarte así?- le dijo el Rey Galo- ¿Porqué te arriesgas ayudandonos?
-Mi nombre es Marcos Gaspardi. Soy la última generación de una familia de hombres y mujeres honrados que han labrado, cosechado y enriquecido estas tierras. Soy la última generación porque mis hijos han muerto antes de poder darme nietos, y mi esposa los ha seguido por tristeza. Ya no tengo casa, ni familia, ni siquiera un perro fiel que fuera mi compañía. Lo único que me queda es mi dignidad, y mi pequeña libertad. La reina Pierina a través de sus hombres me ha encomendado una tarea, pero no puedo dejar que esa sea la última labor de mi vida. ¡No viví mas de setenta años para morir como cobarde y traicionero!- Marcos se acercó al Rey y le mostró sus manos.- Estas manos temblorosas no son buenas para el trabajo, ni para el combate, pero están libres de sangre y se las ofrezco mi Rey, glorificaría mis días saber que me siente su amigo.
Galo tomó las manos del anciano, lo miró a los ojos y expresó:
-Soy yo el que se glorifica con tu amistad querido Marcos. Soy yo, el que vivió tantos años alejado de su pueblo, sin saber de cada uno de sus pobladores, como antes, como en los primeros tiempos con Napea. Soy yo el que egoístamente sólo esperaba tener a mis hijas conmigo y se olvidó de gobernar…
-Si es verdad lo que dice, si realmente cree que se olvidó de gobernar, si siente que descuidó a su pueblo, le pido Señor, que no vuelva a hacerlo.
Marcos, con su cuerpo desgarbado por los años, se convirtió en el bastón en el que se apoyó el Galo para levantarse.
-¡Así!, ¡Así mi Rey!, Así quiero mirarlo hacia arriba, más erguido que este viejo.
-No, Marcos, no quiero que me mires hacia arriba como alguien superior, mírame siempre como lo hiciste hoy cuando me diste tus mano, como a un amigo.
Galo abrazó al hombre que no puedo aguantar su llanto. El anciano lloró por sus hijos, por su esposa, por su hogar incendiado, y por los pueblos por los que tuvo que pasar con mentiras.
Unos minutos más tarde, Arturo entró en los terrenos del castillo. Galo ayudado por el anciano y por Oncle habían movido los cuerpos sin vida de sus sirvientes al patio.
El elfo y el hada cavaron fosas para que pudieran tener un digno descanso eterno.
-Sé que Victoria está viva, ¿Vas a decírselo al Rey?- lo interrogó Oncle a Arturo.
-Creo q es mejor que se siga corriendo la voz que una de las princesas de Prisia ha muerto y la otra ha quedado prisionera de un encantamiento. Y ni el Rey debe saber la verdad, por acá hasta los muros del castillo no son seguros, ni mudos.
-Entiendo.- suspiró Oncle.
-Siento lo de Tina- manifestó Arturo.
-Lo sé. Pero debes saber Arturo, que su muerte no quedara integrando la larga lista de Pierina. Yo misma haré que la Reina se arrepienta de sus actos.
-¡Oncle, no puedes hablar así!- explamó Arturo- te oigo, te miro y dejas de brillar. Las hadas de tu especie no son vengativas, no conocen de la guerra, su misión es ser guardianas de los mortales. Tu destino es cuidar del Rey, ponerle color a su vida.
-Pues renuncio a mi destino…
-Si renuncias a tu destino, renunciarás a tu esencia- le advirtió Arturo.
Oncle dejó la pala con la que terminaba de echar tierra sobre una tumba y se alejó del elfo rumbo a la cueva de las hadas.
El anciano que el capitan Barbicus había enviado pueblo por pueblo para advertir a los pobladores de las desgracias que sobrevendrían si no se ponían bajo la tutela de la reina Pierina, había desviado su curso, y entraba montado en su caballo a la edificación. Cuando estuvo próximo al Rey se bajó, tomó agua de una cantimplora y caminó con ella hacia él. Lo ayudó sosteniéndole la cabeza para que pudiera beber sin atragantarse. Le dio agua también al puma, a Ada. Volvió hacia su caballo, sacó fruta fresca y se la acercó al Rey y un poco de carne al felino. Sólo cuando sintió la humedad en sus labios Oncle reaccionó y comprendió que habían dejado de estar solos. No sabía si huir o confiar en esa persona que le ofrecía algo para beber.
-No temas hadita, sólo quiero ayudar- le dijo con dulzura el anciano.
-Amigo, ¿puedo llamarte así?- le dijo el Rey Galo- ¿Porqué te arriesgas ayudandonos?
-Mi nombre es Marcos Gaspardi. Soy la última generación de una familia de hombres y mujeres honrados que han labrado, cosechado y enriquecido estas tierras. Soy la última generación porque mis hijos han muerto antes de poder darme nietos, y mi esposa los ha seguido por tristeza. Ya no tengo casa, ni familia, ni siquiera un perro fiel que fuera mi compañía. Lo único que me queda es mi dignidad, y mi pequeña libertad. La reina Pierina a través de sus hombres me ha encomendado una tarea, pero no puedo dejar que esa sea la última labor de mi vida. ¡No viví mas de setenta años para morir como cobarde y traicionero!- Marcos se acercó al Rey y le mostró sus manos.- Estas manos temblorosas no son buenas para el trabajo, ni para el combate, pero están libres de sangre y se las ofrezco mi Rey, glorificaría mis días saber que me siente su amigo.
Galo tomó las manos del anciano, lo miró a los ojos y expresó:
-Soy yo el que se glorifica con tu amistad querido Marcos. Soy yo, el que vivió tantos años alejado de su pueblo, sin saber de cada uno de sus pobladores, como antes, como en los primeros tiempos con Napea. Soy yo el que egoístamente sólo esperaba tener a mis hijas conmigo y se olvidó de gobernar…
-Si es verdad lo que dice, si realmente cree que se olvidó de gobernar, si siente que descuidó a su pueblo, le pido Señor, que no vuelva a hacerlo.
Marcos, con su cuerpo desgarbado por los años, se convirtió en el bastón en el que se apoyó el Galo para levantarse.
-¡Así!, ¡Así mi Rey!, Así quiero mirarlo hacia arriba, más erguido que este viejo.
-No, Marcos, no quiero que me mires hacia arriba como alguien superior, mírame siempre como lo hiciste hoy cuando me diste tus mano, como a un amigo.
Galo abrazó al hombre que no puedo aguantar su llanto. El anciano lloró por sus hijos, por su esposa, por su hogar incendiado, y por los pueblos por los que tuvo que pasar con mentiras.
Unos minutos más tarde, Arturo entró en los terrenos del castillo. Galo ayudado por el anciano y por Oncle habían movido los cuerpos sin vida de sus sirvientes al patio.
El elfo y el hada cavaron fosas para que pudieran tener un digno descanso eterno.
-Sé que Victoria está viva, ¿Vas a decírselo al Rey?- lo interrogó Oncle a Arturo.
-Creo q es mejor que se siga corriendo la voz que una de las princesas de Prisia ha muerto y la otra ha quedado prisionera de un encantamiento. Y ni el Rey debe saber la verdad, por acá hasta los muros del castillo no son seguros, ni mudos.
-Entiendo.- suspiró Oncle.
-Siento lo de Tina- manifestó Arturo.
-Lo sé. Pero debes saber Arturo, que su muerte no quedara integrando la larga lista de Pierina. Yo misma haré que la Reina se arrepienta de sus actos.
-¡Oncle, no puedes hablar así!- explamó Arturo- te oigo, te miro y dejas de brillar. Las hadas de tu especie no son vengativas, no conocen de la guerra, su misión es ser guardianas de los mortales. Tu destino es cuidar del Rey, ponerle color a su vida.
-Pues renuncio a mi destino…
-Si renuncias a tu destino, renunciarás a tu esencia- le advirtió Arturo.
Oncle dejó la pala con la que terminaba de echar tierra sobre una tumba y se alejó del elfo rumbo a la cueva de las hadas.
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