Las hadas cuando están felices se iluminan y dan vueltas y saltitos mientras revolotean en el aire. Tina, alegre por Victoria y Octavio, voló alrededor de ellos, bailó en el aire y aterrizó con sus labios en los de Arturo.
-¡Eres mi elfo favorito!- le dijo, y siguió aleteando a su lado.
Ámbar sacó la varita mágica de la tierra donde la había enterrado y miró de reojo a Arturo; El beso que acababa de ver le había dado un cosquilleo extraño en su cuerpo, y en su corazón experimentó un sentimiento que le era hasta ese momento desconocido: el de los celos.
-Debemos irnos- expreso enérgica, y caminó hacia la salida.
El puma se acercó a Octavio para que pusiera en su espalda a Victoria, pero él prefiero cargarla en sus brazos.
Dejaron la ciudad y se adentraron en un campo con pastizales altos que se elevaban por arriba de sus cabezas, impidiéndoles ver los que tenían por delante. Cuando llegaron al final, se encontraron con una extensa pradera, y a lo lejos, donde caía el horizonte, había dos árboles cuyas copas se unían formando un arco.
Miraron hacia el cielo, y comprobaron que la Tierra ocultaba por completo los rayos del Sol dejando en sombras a la Luna.

-Es la hora- señaló Arturo.- Ámbar, las hermanas tienen que entrar juntas.
Ella, entonces, frotó sus manos y las pasó por el pelaje del puma,y su ropaje de bestia fue diluyéndose hasta dejar al descubierto su forma humana.
Octavio había dejado a Victoria sentada en el pasto. Ada se acercó a ella. Victoria la vio y estiro sus brazos. Las princesas prisianas se abrazaron con fuerza.
-Perdóname hermana por no buscarte, me pasaron tantas cosas que ya te contaré- le dijo Victoria acongojada.
-Lo importante es que nos hemos encontrado, que me has recordado al igual que a nuestra tierra. No tengo nada que perdonarte, lo que debimos pasar estaba escrito antes de que nuestras almas nacieran – le respondió Ada sin soltarla.
Mientras se abrasaban, el eclipse llegaba a su punto máximo. En el palacio de Humer, Napea y Horus bebían felices uno de sus vinos más añejos, creían que habían cambiado el destino. Pero en el bosque encantado, el murmullo de las hojas había despertado a los elfos que allí dormían; “Las hijas de Prisia regresan”, “las hijas de Prisia están regresando”, repetía el viento de rama en rama, de arbusto a arbusto, de flor en flor. Las jóvenes elfas corrieron hacia la entrada montadas en sus caballos alados para darle la bienvenida al guerrero de su tribu. Las hadas que también se habían enterado volaron detrás de ellas.
Las doncellas traspasaron el arco de entrada y formaron una fila de ambos lados. Tina fue la primera que voló hacia ellas, y buscó el abrazo de sus hadas hermanas. Arturo le dio la mano a Victoria y la ayudo a pararse. Ámbar pasó entre la fila de elfas y traspasó los árboles. Arturo escoltó a las hermanas. Octavio las siguió, pero antes de pasar Arturo se dio vuelta y le puso una mano en el pecho para cortarle el paso.
-Hasta aquí. No puedes venir con nosotros.
Victoria se volteó y le extendió su mano a su enamorado.
-No puede venir con nosotros, si lo hace renuncia a su vida humana, y tal vez nunca pueda regresar- le dijo el elfo a la princesa. Ella con lágrimas en los ojos estaba a punto de soltar a Octavio, pensando que eso sería lo mejor para él, cuando éste se aferró a su mano con más ahínco.
-No me importa lo que pueda llegar a pasarme, éste mundo sin Victoria no tiene sentido para mí, yo sólo quiero estar a su lado.
Esas palabras y la sinceridad que se reflejaba en su mirada le bastaron a Arturo para dejarlo pasar.
Después que pasaron. Caminaron acompañados por los seres mágicos hasta la cima de una montaña. Ada se adelantó y llamó a su hermana.
- Mira Victoria, allá está nuestro hogar, allá está Prisia.